x

¿Y después de Kimal – Lo Aguirre, qué?

Mucho se ha especulado en torno a las razones que llevaron a que finalmente fueran solo dos las ofertas que se presentaran por la línea HVDC Kimal-Lo Aguirre. Todas esas razones son reconducibles a riesgos que habrían percibido los inversionistas para desarrollar el proyecto: riesgo de multas por atrasos, riesgo de conflictividad socioambiental (agudizado por la decisión del Ministerio de Energía de no realizar estudio de franjas a este proyecto), riesgo regulatorio del sector energía (del cual el proceso de valorización de la transmisión es el ejemplo más reciente), riesgo “político” por los cambios que experimenta nuestro país; etc. A esta altura, solo cabe esperar que esta percepción de riesgos -justificada o no- no se haya traspasado en exceso al precio de las ofertas que se recibieron.

Lo anterior es sin duda una mala noticia.

Primero, porque las licitaciones de obras de expansión -en particular las de obras nuevas- se venían desarrollando en un contexto de gran competencia, asegurando precios razonables para los clientes finales. Con una competencia reducida y en un contexto de mayor riesgo, no podremos afirmar con tanta seguridad lo mismo para este proyecto.

Luego, porque existe un consenso transversal en la industria respecto a que la transmisión sería “la” condición habilitante para poder lograr prácticamente todos nuestros objetivos de política energética: descarbonización acelerada, electrificación de consumos, hidrógeno verde, precios bajos, seguridad de suministro, etc. Todos ellos requerirán de más y mejores instalaciones de transmisión.

Es este consenso respecto al rol de la transmisión el que me interesa matizar. La transmisión (o lo que entendemos actualmente por transmisión) no puede ser la única “bala de plata” que nos conduzca hacia la transición energética. Esto por una razón relativamente sencilla: es muy difícil y demora mucho construir nuevas líneas de transmisión (en especial los “megaproyectos”). No tenemos tanto tiempo.

Y en eso no estamos solos. Todos los países con los que nos gusta compararnos han experimentado o están pasando por lo mismo.

Entre más desarrollado el país, y más poblado su territorio, más difícil construir nuevas líneas de transmisión. Va a llegar un momento en que simplemente no vamos a poder construir una nueva línea de transmisión. Al menos no una línea como las que conocemos hasta hoy.

No estoy diciendo que dejemos de construir infraestructura de transmisión (es obvio que la necesitamos), pero es importante que empecemos a discutir qué tipo de infraestructura de transmisión -más allá del viejo paradigma subestación/línea aérea-, vamos a poder desarrollar en los próximos años. Tampoco es necesario ponerse excesivamente creativos. Es cosa de ver qué están haciendo en Europa o en Estados Unidos, y ver qué ajustes regulatorios se necesitan para implementar esos cambios en Chile.

Un ejemplo es utilizar los corredores de transmisión existentes para repotenciar las líneas o aumentar el número de circuitos (este es el primer análisis que efectúa National Grid (UK) para sus proyectos de expansión). En otros países (por ejemplo, Alemania), las restricciones socioambientales han derivado en el soterramiento (total o parcial) de líneas de transmisión (principalmente en corriente continua, cuyo costo de soterramiento es una fracción del costo de soterramiento de líneas en corriente alterna, y que gracias a los proyectos eólicos offshore presenta curvas de aprendizaje relevantes). En EEUU, la FERC está proponiendo ampliar el alcance del análisis económico de la planificación de la transmisión, de manera de incorporar externalidades (por ejemplo, climáticas) que escapan a la metodología habitual de planificación (en nuestro caso, el costo de operación del sistema), lo que permite recomendar proyectos y tecnologías que anteriormente no considerados.

Tomando en cuenta lo que se demora en planificar, licitar, licenciar y construir un proyecto de transmisión, necesitamos comenzar esas discusiones hoy. Si postergamos esta discusión para cuando “no nos quede otra” que construir estos nuevos tipos de infraestructura de transmisión, ya va a ser demasiado tarde.