Actualmente nuestro país pareciera vivir en la falsa dicotomía entre “electrificación total” y “seguir con fósiles”. Fuera de posiciones dogmáticas, la evidencia muestra que la evolución energética requiere moléculas y electrones trabajando en conjunto, con políticas que prioricen seguridad, asequibilidad y reducción efectiva de emisiones.
Chile avanza hacia la carbono neutralidad con una matriz donde más del 40% proviene de energías renovables variables. Pero esa fortaleza también trae un desafío: asegurar respaldo firme y competitivo que permita retirar el carbón sin poner en riesgo la estabilidad del sistema. En ese contexto, el gas natural —GNL y gas argentino— cumple un rol habilitante: actúa como seguro del sistema eléctrico y puente hacia tecnologías más limpias como el biometano, el hidrógeno verde o la captura de carbono.
El Global Gas Report 2025, elaborado por la IGU, Snam y Rystad Energy, confirma que la demanda mundial de gas sigue creciendo de manera estructural. En 2024 alcanzó 4.122 billones de metros cúbicos, con un alza de 1,9%, y se proyecta otro 1,7% para este año, impulsada por Asia y Norteamérica. El principal motor es la generación eléctrica, tensionada por olas de calor y la variabilidad renovable. En paralelo, el comercio global de GNL completó su undécimo año de expansión. Más allá de las cifras, el mensaje es claro: el gas natural sigue siendo la fuente más madura, flexible y escalable para acompañar la transición.
El informe también destaca los tres vectores que marcarán su descarbonización: biometano, con tecnología probada; hidrógeno verde, aún rezagado por costos; y captura y almacenamiento de carbono (CCUS), que requiere marcos regulatorios claros. Chile ya está avanzando en esas líneas, con proyectos concretos que demuestran que el futuro de las moléculas limpias está en marcha.
La transición no consiste en reemplazar moléculas por electrones, sino en integrarlos de forma inteligente. La diversificación que ofrecen nuestros terminales de GNL y gasoductos con Argentina es una ventaja estratégica que debemos preservar. Y la sustitución de leña y diésel por gas y biometano en las ciudades del sur puede reducir hasta un 90% el material particulado fino, mejorando la calidad del aire y la salud pública.
Chile tiene la oportunidad de liderar una evolución energética pragmática y sostenible, donde innovación y seguridad vayan de la mano. Para lograrlo, necesitamos menos consignas y más planificación basada en evidencia, con una convivencia virtuosa de moléculas y electrones.