(Diario Financiero) A fines de abril, el primer ministro Stephen Harper recibió una noticia que cayó como un balde de agua fría sobre sus planes de convertir a Canadá en una superpotencia energética, una meta que está en la base misma de su programa.

La administración del presidente Obama había resuelto postergar la aprobación del proyecto para construir el gigantesco oleoducto de Keystone que uniría los 2.700 kilómetros entre las refinerías de Texas con la región de Alberta en Canadá, con reservas estimadas en 168 mil millones de barriles de petróleo.

Esta era la segunda vez que el proyecto, iniciado en 2008, era aplazado debido a problemas políticos y ambientales, tendiendo un manto de dudas sobre la viabilidad de la iniciativa, que está generando fricciones entre ambos socios.

En la aislada región de Alberta se extiende una amplia área de arenas bituminosas que esconde enormes reservas de un tipo de crudo espeso y pegajoso llamado bitumen (betún). Los avances tecnológicos de los últimos años han reducido sus costos de extracción, haciendo viable su comercialización, y posicionando a Canadá como un potencial gigante de la industria global de energía.

En 2008, TransCanada, el consorcio a cargo del proyecto, inscribió una solicitud para la construcción de un oleoducto que permitiría a Canadá llevar ese petróleo a las refinerías de Houston, desde donde podría ser distribuido al resto del país o embarcado a distintos mercados. En noviembre de 2011, tres años después del inicio de los trámites, el propio Obama llamó a Harper para informarle que la iniciativa debería ser aplazada para definir un nuevo trazado debido a las objeciones de Nebraska, que temía que las obras afectaran al acuífero de Ogallala, que irriga casi la mitad de las tierras de plantaciones del estado.

El segundo trazado debía ser revisado nuevamente por los reguladores, pero hasta hace unas semanas todo iba bien. En enero, de hecho, el Departamento de Estado emitió una evaluación favorable para el proyecto. Pero por segunda vez la iniciativa fue paralizada por problemas legales.

Una fortuna en juego


Para Canadá, el fracaso del proyecto podría tener un costo de 
US$ 573 mil millones en ingresos perdidos en los próximos 25 años.
Y para EEUU tampoco sería gratis. La construcción de la tubería contribuiría a crear 3.900 empleos a nivel local durante dos años, inyectando US$ 3.400 millones al crecimiento de la economía, según cálculos del Departamento de Estado citados por Bloomberg. En el Golfo de México, empresas como Total y Royal Dutch Shell han invertido más de US$ 25 mil millones en sus refinerías para procesar los enormes flujos de petróleo que se esperaban desde Canadá.

El proyecto ha tensado las relaciones entre ambos socios. En una entrevista con Bloomberg en enero, Harper culpó a Obama por la demora y denunció que los obstáculos son políticos “y de una política de una naturaleza muy estrecha”, se quejó.

La carta de los chinos


Para aumentar la presión, el premier canadiense lanzó una dura advertencia a su socio del sur. Si el proyecto muere, se lo llevarán a los chinos. La dependencia de Canadá de EEUU para comercializar su petróleo ha impuesto un descuento en el precio que las autoridades estiman en US$ 16.600 millones en ingresos perdidos al año.

Pero la carta del chantaje había perdido fuerza, ya que la revolución del shale gas, unos años antes, ya estaba comenzando a revolucionar el panorama energético en la mayor economía del mundo.

Y la alternativa china, por otra parte, tampoco resultó ser la 
respuesta esperada por Canadá. 
Tras la primera demora del proyecto, Harper comenzó a explorar 
esta opción, y durante una visita 
al Delta del Río Perla, el hub de negocios chino, el primer ministro planteó a los empresarios locales 
una alianza para construir un oleoducto desde Alberta al Pacífico, desde donde exportar el petróleo a China.

Pero las relaciones entre Ottawa y Beijing no son buenas. El Partido Conservador de Harper es un duro crítico de sus políticas en materia de derechos humanos y libertad religiosa. Ambas cancillerías se han enfrentado además por el arresto de Husseyin Celil, un disidente chino de la etnia Uighur que en 2001 obtuvo ciudadanía canadiense. Y Beijing tampoco parece haber olvidado la decisión de Canadá de otorgarle la ciudadanía honoraria al Dalai Lama, en 2006.

Por otra parte, los grupos ecologistas en la Columbia Británica han amenazado con un masivo movimiento de desobediencia civil y demandas si se aprueban los distintas propuestas para un oleoducto en sus costas. Ahora, el gobierno canadiense deberá tomar una decisión sobre este tema para mediados de junio.