Hace siete décadas, el especulador de Texas H.L. Hunt usó las ganancias que obtuvo jugando al póquer para construir una empresa petrolera. Con tres esposas y cinco hijos, Hunt encabezó una familia legendaria cuya naturaleza telenovelística rivalizaba con los Ewing de la serie de televisión Dallas.

Ahora, Hunt Oil Co., la empresa familiar fundada por Hunt, está apostando por Perú. Royal Dutch Shell dedicó casi 20 años y US$ 450 millones para desarrollar un proyecto de gas natural en el Amazonas para luego irse con las manos vacías en 1998. Dos años después, Hunt ocupó el lugar de Shell en este país volátil. En medio de las protestas de grupos ambientalistas internacionales y activistas indígenas locales, Hunt planea bombear gas desde los pozos del Amazonas y transportarlo a través del altiplano a más de 4000 metros de altura, una región donde pastan las alpacas, para llegar hasta la costa del Pacífico donde la compañía está construyendo una planta enorme para exportar gas natural licuado.

Ayer, el Banco Interamericano de Desarrollo aprobó un préstamo de US$ 400 millones para financiar el proyecto de Hunt, cubriendo una parte de los US$ 2000 millones que la empresa espera obtener de agencias de exportación y multilaterales. Hoy será un día crucial para Hunt, ya que el Banco de Exportación e Importación de Estados Unidos decidirá si aprueba un crédito de otros US$ 400 millones. En 2003, ese banco de fomento rechazó el financiamiento de un proyecto de gas natural similar, en el cual Hunt tenía una participación minoritaria, debido a preocupaciones medioambientales.

Espíritu aventurero

«Las cosas que nos han funcionado bien son, muchas veces, las mismas de las que, en el primer día, mucha gente nos decía: ‘Tienes que haber perdido la cabeza’», cuenta Ray Hunt, el presidente ejecutivo de la compañía.

El espíritu luchador y la sabiduría política de Hunt han contribuido a que su empresa sea un caso especial en un mundo petrolero dominado por conglomerados gigantes. Los ingresos anuales de US$ 3000 millones de Hunt equivalen a sólo unos pocos días de trabajo en compañías como Shell o Exxon Mobil. Como Hunt no tiene el dinero en efectivo ni el poderío tecnológico para competir con las grandes petroleras, tiene que buscar sus ganancias en proyectos y regiones que están dominados por problemas políticos.

«Ray Hunt es conocido por ser original», dice Thomas Wallin, presidente de la editorial especializada Energy Intelligence Group, con sede en Nueva York. Hunt dice que sus 2500 empleados son como una unidad de comando. Su empresa, que no cotiza en bolsa, se puede mover con rapidez porque no necesita responder ante accionistas ni analistas de Wall Street. En los años 80, por ejemplo, Hunt descubrió petróleo en el norte de Yemen, cuando todas las demás petroleras evitaban la región porque Arabia Saudita la reclamaba para sí misma.

Pero estas apuestas también son un juego peligroso. Cuando el gobierno de Yemen confiscó las principales operaciones petroleras de Hunt, la producción total de la compañía cayó 30% en 2006, según la agencia Moody’s Investors Service. Después, Moody’s rebajó la calificación de crédito de la compañía.

El revés en Yemen hace que el proyecto peruano sea aún más importante para Hunt. En ese país posee el 50% de un consorcio de US$ 3800 millones que planea iniciar las exportaciones de gas natural licuado en 2010 y que también está buscando petróleo en otras partes de Perú. Si Hunt tiene éxito en Perú, piensa expandirse a otras partes de América latina.

El antecesor de Hunt en Perú fue

Shell, compañía que en 1983 descubrió entre 13 millones y 17 millones de pies cúbicos de gas natural cerca de la aldea amazónica de Camisea. Pero la oposición de grupos ecologistas e indígenas, además del hecho que el grupo terrorista Sendero Luminoso controlaba el altiplano por donde pasaría el gasoducto, forzó a la petrolera a irse de Perú en 1988.

En los años 90, Shell volvió a intentarlo en Perú, después de que el gobierno de Alberto Fujimori redujera la amenaza guerrillera y adoptara políticas abiertas a las inversiones extranjeras. Tratando de limitar el daño medioambiental, Shell transportaba sus materiales vía helicóptero en vez de construir caminos. Pero Shell no logró ponerse de acuerdo con el gobierno sobre los precios y las exportaciones. Así que, esta vez, decidió retirarse definitivamente.

En 2000, la argentina Pluspetrol SA propuso explorar gas natural cerca de Camisea y, junto a otra compañía argentina, construyó dos gasoductos. Hunt rápidamente se sumó al consorcio de Camisea con una participación minoritaria.

Hunt también comenzó un proyecto más ambicioso, alineando a socios y financistas para construir un gasoducto sobre los Andes hasta la costa pacífica. Ahí, el gas de Camisea se enfriaría a -160 grados Celsius y sería cargado en buques cisternas hacia mercados norteamericanos y asiáticos.

Lobby en Lima

Hunt también se benefició de un nuevo ambiente político. La salida de Shell impactó a la élite política y empresarial del país, que ahora quería demostrar que podía atraer inversiones extranjeras. Hunt iba con regularidad a Lima para presionar por cambios a la ley de energía. Uno de sus asesores influyentes fue Pedro Pablo Kuczynski, un ex ministro de Economía de Perú. En 2003, Kuczynski organizó una cena en su casa a la que asistieron Hunt, el presidente peruano Alejandro Toledo y el ministro de Energía y Minas Jaime Quijandría. «Ray quería que el gobierno se sintiera bien acerca de exportar gas» y quería explicar lo que se requería para el proyecto, recuerda Kuczynski, que después se convirtió en primer ministro del gobierno de Toledo.

Después, el gobierno comenzó a urgir al Congreso a realizar una serie de ajustes a leyes y regulaciones. Al cabo de dos años, esos cambios habían cambiado la legislación energética del país en favor de la promoción de las exportaciones. Los periódicos peruanos tildaron los cambios como «las leyes Hunt».

El aterrizaje de Hunt en Perú no está libre de polémica. Carlos Herrera Descalzi, un ex ministro de Energía y Minas de Perú, acusa al gobierno y a Hunt de usar tácticas «muy inteligentes pero muy sucias» para realizar los cambios en la ley. Y muchos activistas todavía se oponen a Hunt, al que acusan del «pecado original» de haber sido partícipe en el proyecto inicial de Camisea. Muchas comunidades amazónicas se quejaron que no fueron compensadas justamente por sus tierras y en los primeros 19 meses tras entrar en operaciones en 2004, dos gasoductos sufrieron cinco filtraciones.
Fuente: Wall Street Journal Américas.