La situación real de la energía en la región es más complicada de lo que parece. La creciente promesa de países de la región como proveedores de biocombustibles contrasta con su decreciente potencial como importante fuente de petróleo y gas. Aunque en su discurso del Estado de la Unión de 2006, el presidente George W. Bush habló de la peligrosa adicción de su país al petróleo del Medio Oriente, en realidad Estados Unidos –el mayor consumidor de petróleo y gas del mundo– recibe la mayor parte del crudo que consume del continente americano, donde están cuatro de sus cinco principales centros de suministro: sus propios yacimientos y los de Canadá, México y Venezuela. Arabia Saudita, cuarta entre las mayores fuentes, es la única excepción. En términos de reservas petroleras el panorama también es tranquilizador: EE.UU. está rodeado hacia el norte por la vasta zona de arenas bituminosas de Alberta, Canadá, y hacia el sur por los grandes depósitos petroleros del Orinoco, en Venezuela. Sin embargo, la situación real de la energía en la región no es tan simple como parece. Aunque la riqueza en hidrocarburos es una bendición para Latinoamérica, el contrapeso es que también tiene legisladores que le deben favores a poderosos grupos de interés en EE.UU. y presidentes populistas en México y Venezuela. Además, se agrega el problema de asegurar que el mayor motor económico del mundo consiga la energía que necesita sin que su adicción a los hidrocarburos cause catastróficos cambios climáticos. EE.UU. consume en la actualidad más de 20 millones de barriles de petróleo al día, una cuarta parte del consumo mundial y aproximadamente el total combinado de los próximos cinco grandes consumidores: China, Japón, Rusia, Alemania y la India. Pero con el aumento en los precios del petróleo –sumado al efecto de los huracanes Katrina y Rita, que golpearon el área estadounidense del Golfo de México, centro energético del país, obligando a Washington a recurrir por primera vez a sus reserva de emergencia de petróleo y nafta–, EE.UU. tomó conciencia de la vulnerabilidad que implica su dependencia del petróleo. En lo que respecta al transporte, la respuesta de Bush es el etanol. La idea tiene el costado positivo adicional de que complace al lobby agrario estadounidense, porque en ese país el etanol se produce a partir del maíz. Pero los críticos sostienen que usar ese alcohol para el transporte no es costo efectivo, eleva los precios de los alimentos y resulta apenas menos contaminante que la nafta. Sin embargo, los analistas opinan que si EE.UU. usara etanol derivado del azúcar, que es más eficiente, las ventajas serían más significativas. En ese caso, Brasil podría ser el ejemplo a seguir, pero países como Guatemala, El Salvador, e incluso Cuba, están bien posicionados para aprovechar el boom de la demanda de etanol. La creciente promesa de Latinoamérica como proveedora de biocombustibles contrasta con su decreciente potencial como fuente de petróleo y gas. Tanto México como Venezuela, los mayores productores regionales, tienen industrias petroleras con yacimientos cada vez más maduros y gobiernos que usan las petroleras nacionales como máquinas de hacer dinero para sus programas sociales. El gigantesco yacimiento petrolero mexicano Cantarell, que alguna vez fue el segundo más grande del mundo, declina a una tasa alarmante, lo que ha llevado a los pesimistas a predecir que México puede convertirse en importador neto de petróleo en una década. En Venezuela, el presidente Hugo Chávez despidió en los últimos seis años a 18.000 empleados capacitados de la compañía nacional Petróleos de Venezuela (PDVSA); endureció las condiciones fiscales para las petroleras internacionales y este mes asumió el control de los proyectos de petróleo pesado del Orinoco. Como consecuencia de todo esto, la producción de Venezuela declinó en lugar de crecer.

Fuente: El Cronista, Buenos Aires, Argentina.