El consumo global de energía nuclear se expande rápidamente. Como la radiación, dirían algunos. Ahora, la posibilidad de que Chile la estudie como una eventual alternativa energética vuelve a ocupar un espacio en la agenda pública y promete dividir posiciones, aunque la presidenta Michelle Bachelet haya prometido no tocar el tema durante su gobierno, y sólo permitir estudios de factibilidad.

Independiente de la connotación negativa que tiene esta fuente de poder, especialmente desde el desastre de Chernobyl, su uso en la generación eléctrica ya está marcando pautas en un mercado cansado de los altos y bajos de los precios del petróleo, carbón y gas natural, combustibles fósiles utilizados principalmente hasta ahora para crear electricidad.

En sus 52 años de historia, la energía nuclear ha incrementado lentamente su participación en el mercado eléctrico. Hoy genera alrededor del 16% de la electricidad que se consume a nivel mundial, y según proyecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), de la cual Chile es miembro, la demanda por este poder se duplicará hacia 2030, creando la necesidad de más de 4.700 GWe en nueva capacidad de generación en el próximo cuarto de siglo –actualmente es de 367 GWe.

Inversiones mundiales en energía atómica de ahora en adelante buscarán satisfacer necesidades locales en países que ven amenazado su suministro energético en el exterior, o no cuentan con recursos como energía eólica, hidrológica y de biomasa para suplir sus requerimientos.

La inversión en construcción nuclear para fines energéticos en los próximos 25 años significaría un desembolso de aproximadamente US,2 mil millones. La transmisión y la distribución añadirían otros US.000 millones a la cuenta. Este escenario comprende la construcción de entre 200 a 400 reactores nuevos a nivel global, unos para reemplazar a alguna de las actuales 442 plantas operando en el planeta, otros para generar nueva capacidad.

La red nuclear

Construir un reactor nuclear es caro y lento en sus inicios, barato y rentable en su operación. Las autoridades británicas demoraron sólo seis años en evaluar la edificación de la última central construida en ese país, Sizewell. Pero tanto esfuerzo pagaría finalmente. Según un informe conjunto entre la AIEA y la Organización de Desarrollo y Cooperación Económica (OCDE) en 2005, esta energía se ha vuelto más barata que la generación eléctrica por combustible fósil. A una tasa de descuento de 5%, los costos de generación serían de aproximadamente US1 y US0 por MWh mientras que en el caso del carbón el rango es de entre US5 y US0, y el gas natural varía entre US7 y US0.

Los costos de construcción por kW han caído considerablemente debido a diseños estandarizados, tiempos de edificación más cortos, y tecnologías de generación más eficientes, según la Asociación Mundial Nuclear. Incluso, los altos costos que significan el almacenamiento de los residuos atómicos y la decomisión de las centrales una vez culminada su vida útil, se verían compensados por la rentabilidad de la planta durante su periodo en operación.

A esto se suman nuevos descubrimientos de yacimientos de uranio en los últimos dos años, que elevaron las reservas identificadas convencionales a alrededor de 4,7 millones de toneladas (Mt U). El precio spot del mercado ha ido en alza y alcanzó en mayo los US12 el kilo.

Fue un cambio de fortuna atómica. En los ‘70 las mineras expandieron su producción y las generadoras incrementaron su stock anticipándose a la expansión sustentable que estaba teniendo la energía nuclear. Pero los accidentes en el reactor de Three Miles Island en Estados Unidos en 1979 y en Chernobyl en 1986 paralizaron la industria mundial. El fin de la Guerra Fría empeoró las cosas al motivar la eliminación de todo lo “atómico” para evitar la proliferación de armas de destrucción masiva. El precio del uranio cayó a mínimos históricos y muchas minas cerraron.

Hoy el panorama es distinto. Más de 27 plantas nucleares están programadas para su construcción, y las minas de uranio están en plena producción. Canadá posee la mayor participación por suministro en el sector (28%), seguido por Australia (23%) y Kazajstán –los tres agrupan el 50% de las reservas probadas y casi 60% de la producción mundial.

Durante los ‘90 la industria de producción de este mineral se vio consolidada por fusiones, compras y cierres. En 2005, las mineras con más de 1.000 toneladas de producción comprendieron el 78% de la producción minera mundial, lideradas por la canadiense Cameco (20%), la australiana Rio Tinto (13%), la francesa Areva (12%), la estatal kazajo KazAtomProm (10%) y la británica BHP Billiton (9%), entre otras.

Tampoco quedan atrás las empresas encargadas en el diseño de reactores y tecnología nuclear como las estadounidenses General Electric Nuclear Energy, Westinghouse Electric, General Atomic y la francesa Cogema.

En su mayoría subsidiados por el Estado, entre las empresas de servicios encargadas de operar las centrales nucleares destacan Duke Energy, Constellation, Exelon, Pacific Gas & Electric, Southern Nuclear Operations y American Electric Power de Estados Unidos; la británica British Energy, su par francesa Electricite de France, Kansas Electric Power de Japón y Fortum de Finlandia.

El capital tras esta alternativa

Por el momento, la edificación y administración de reactores nucleares sólo atrae la atención de empresas estatales o joint ventures con energéticas privadas. Esto, porque es una inversión a largo plazo que no promete retornos inmediatos. Finlandia, por ejemplo, lleva construyendo la primera planta nuclear nueva en Europa hace diez años, debido a los complicados contratos a largo plazo para su financiamiento.

En algunos casos, las autoridades han optado por convertir su decisión en materia de orgullo nacional. En Corea del Sur, por ejemplo, los altos costos fueron aceptados como parte de una estrategia energética nacional a futuro, y estos se vieron compensados por el aprendizaje tecnológico y beneficios económicos derivados de su desarrollo. Un estudio del Instituto de Investigación de la Energía Atómica en 2004 reflejó que los beneficios derivados aportan casi 2% del PIB nacional.

Y es que alternativas escasas o caras, financiamiento disponible, limpieza del medioambiente o una infraestructura industrial, de regulación y legislación bien establecidas, son algunas de las razones que impulsan a los 18 países a apoyar su demanda eléctrica con reactores de potencia.

Sin embargo, la limitación en el consumo de recursos energéticos es el principal factor que impulsa el desarrollo de poder nuclear. Chile, al igual que la mayoría de las economías emergentes, busca volverse independiente energéticamente. Los casos más emblemáticos son China e India, los que superan a sus pares industrializados en programas nucleares, con nueve reactores funcionando en el primero y 15 en el segundo.

La crisis de recursos también atrajo a Argentina, Brasil, México, Pakistán y Sudáfrica, cada uno ahora con dos reactores en operación, y con planes de expandir la familia nuclear.

El caso de Argentina es el más reciente, con el gobierno del presidente Néstor Kirchner llamando hace una semana a terminar la construcción de Atucha II, interrumpida en 1994, debido la aguda crisis energética que vive el país debido a la falta de inversión en hidrocarburos. La planta se sumaría a las existentes Atucha I, en la provincia de Buenos Aires, y Embalse en Córdoba, ambas controladas por la estatal Nucleoeléctrica Argentina (NASA), y suministran 9% de la matriz energética trasandina.

Críticos aseguran que la construcción del reactor no solucionará el problema energético del país. Si es terminada, Atucha II estaría comenzando a funcionar recién en 2009, y una cuarta planta no estaría lista antes de 2016, tiempo que el país no tendría con la propia empresa semi-estatal que administra el sistema eléctrico argentino, Cammesa, admitiendo hace poco que las operaciones están al límite de su capacidad.

Atucha II costaría sólo en su construcción US.900 millones y según cifras preliminares, US0 millones anuales en mantenimiento.
Fuente: Diario Financiero.