Cómo se vive la transición energética

La libre competencia es un principio importante, pero la regulación debe fomentar una descarbonización lo más rápida y efectiva posible.

En los últimos años hemos podido ser testigos de una transición energética monumental, que sigue avanzando vertiginosamente. A nivel global, en energía eólica hemos pasado de tener 93 GW en 2007 a 467 GW en 2016 (en nueve años cinco veces más). En solar hemos pasado de 9 GW en 2007 a 296 GW en el 2016 (32 veces más).

En Chile, las ERNC cubren aproximadamente entre el 15 y 20% de la generación. Hace tan solo diez años, eran algo futurista.

Si nos basamos en el estudio de transición energética de DNV GL, que muestra un escenario energético hasta 2050, a nivel global, las ERNC van a seguir creciendo exponencialmente. El consumo de carbón ya se está reduciendo, el petróleo debería empezar a reducirse en los siguientes 15 años y el único combustible fósil que aumentará es el gas natural.

Por primera vez en la historia el crecimiento del PIB se ha desacoplado de nuestras emisiones de CO2. Es decir, que, aunque en el mundo se produjo más riqueza que en años anteriores y siguió aumentando la población, nuestras emisiones no aumentaron proporcionalmente.

Si bien estos datos son esperanzadores, es necesario ponerlos en contexto. La transición energética es un requisito para cumplir las metas de descarbonización fijadas en el acuerdo de París. Estas se apoyan en el consenso científico que considera que limitar el calentamiento global por debajo de los 2°C (e idealmente, 1,5°C) es necesario para evitar consecuencias catastróficas. Las proyecciones de transición energética de DNV GL nos indican que a este ritmo agotaremos el presupuesto de carbono alrededor del 2040 y aun no tendremos un sistema descarbonizado. Esto nos lleva a un aumento de la temperatura media por encima de los 2,5°C hacia finales de siglo.

La libre competencia es un principio importante, pero la regulación debe fomentar una descarbonización lo más rápida y efectiva posible. Hay que encontrar formas para que los impuestos verdes nos ayuden a cambiar cómo generamos y qué energías utilizamos; una matriz cada vez más renovable debe incluir almacenamiento; se deben fomentar soluciones tecnológicas, como los autos o los buses eléctricos. Pero tampoco se deben olvidar esas soluciones que cambian nuestros paradigmas comportamentales.

En Europa se ha trabajado mucho en planificar ciudades con mejoras integrales en transporte público, carriles exclusivos para bicicletas, reducción de las velocidades máximas, impuestos de congestión, aislación térmica de las viviendas, y reciclaje de todo tipo. Se trata de que nos empecemos a cuestionar cómo funcionamos en sociedad. ¿Es necesario quemar un combustible dañino para la salud de las personas que mueve un auto de 3.000 kg para llevar a una persona de 80 kg a 5 km de su casa? ¿Sería más eficiente que esa persona estuviera cómoda realizando ese viaje en bicicleta o scooter eléctrico? ¿Cuáles son las barreras para hacer este cambio?

Parece que finalmente hemos pasado de tener una posición de rechazo a una aceptación de que ese status quo no era sostenible. El futuro ya está aquí.