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¿Por qué debemos fomentar la generación distribuida solar?

Desde la institucionalidad vigente de distribución (lerda, ciega y pesada), la generación distribuida genera ‘problemas sociales’, sin embargo, la generación distribuida solar no está cuestionando los posibles impactos (buenos y malos) de la tecnología, sino que desafía el viejo modelo de distribución en sí.

Existe un amplio consenso en cuanto a que vivimos una transición energética hacia la sostenibilidad. En nuestro país la energía fotovoltaica será la fuente de electricidad más competitiva de los próximos 25 años. De hecho, es hoy la que ofrece los precios más competitivos tanto en generación de gran escala como para generación distribuida. Sin embargo debemos diferenciar las posibles trayectorias de estas dos configuraciones tecnológicas que nos llevan a futuros diferentes:

Primero, no es lo mismo la generación a gran escala en mega centrales solares que replican el modelo tradicional de suministro unidireccional, y con menores –aunque no despreciables− impactos socio-ambientales, que la generación distribuida solar, que desafía las reglas existentes, fomentando no solo el uso de tecnologías más limpias, sino que favoreciendo la innovación en modelos de negocios y la participación de los propios usuarios en su producción de energía, con un costo social y ambiental radicalmente menor.

Segundo, los costos y beneficios de cierta tecnología no son intrínsecos a la tecnología en sí, sino que dependen a su vez de los modelos, herramientas y enfoques con que medimos dichos impactos. Desde la institucionalidad vigente de distribución (lerda, ciega y pesada), la generación distribuida genera ‘problemas sociales’, sin embargo, la generación distribuida solar no está cuestionando los posibles impactos (buenos y malos) de la tecnología, sino que desafía el viejo modelo de distribución en sí.

Los beneficios sociales de la energía solar distribuida sobrepasan sus costos, entre los que se incluyen: menores transferencias de riqueza desde los clientes a empresas distribuidoras, generando una fuente adicional de ingresos a las comunidades y personas; menores inversiones en nueva infraestructura de distribución; un efecto despreciable sobre el valor de la cuenta de la luz en el futuro (al contrario del mayor costo de la luz producto de nuevas redes necesarias sin fomento a la solar distribuida); disminución de puntas de demanda en sectores específicos, y muchos otros beneficios ‘blandos’, pero no menos significativos, como mayor autonomía, empoderamiento y resiliencia; menor impacto sobre ecosistemas por generación y transmisión centralizada, entre otros.

 

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