(El Mercurio) Cerca de la ciudad de Aswan, en Egipto, se construye la que será la planta solar más grande del mundo, de momento. En 37 km {+2} de puro desierto, producirá 1.800 megawatts (MW), lo suficiente para iluminar cientos de miles de hogares y ahorrar dos millones de toneladas de gases invernadero al año o el equivalente a sacar 400 mil autos de circulación.

La baja del precio de las celdas fotovoltaicas, la urgencia que ha adquirido la reducción de las emisiones contaminantes y el alza constante de la demanda de electricidad han puesto a la energía solar como una de las principales fuentes de generación del mundo. Las enormes extensiones de paneles solares son un gran aporte para la sustentabilidad, pero su crecimiento no está exento de problemas. Su expansión debe regularse mejor.

Crecimiento veloz

Actualmente, el primer lugar en plantas solares lo ostenta Tengger Desert, una instalación china con la capacidad de generar 1.547 MW. Mientras que en Tamil Nadu, India, 2,5 millones de paneles solares producen 648 MW, y en la planicie tibetana otra planta suma otros 850 MW, iluminando a 200 mil hogares. A ellos se sumarán otros ocho proyectos en construcción -en India, China, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán y México-, los que tendrán capacidades entre 750 y 2.250 MW.

Acá las dimensiones impresionan, pero no es lo único que importa. En el caso de China, todas sus megaplantas están en la mitad del país, donde habita solo el 6% de su población. El país asiático tiene instalada una gran red de transmisión, pero a través de los miles de kilómetros que la componen se pierde parte de la energía.

Una de las razones de por qué hoy en Chile la generación solar no puede seguir creciendo libremente es justamente la capacidad de transmisión. «De momento, no se puede llevar más energía desde el norte hacia el centro del país», explica David Watts, profesor de Ingeniería Eléctrica de la Universidad Católica. Pero eso cambiará con la nueva legislación y la infraestructura en construcción que eliminará el impedimento.

Aún así, el problema no estará resuelto del todo. Es necesario seguir mejorando la tecnología de transmisión y su eficiencia, agrega Raimundo Bordagorry, investigador del Centro de Energía y Desarrollo Sustentable de la Universidad Diego Portales. Y ese desarrollo puede hacer una gran diferencia. «Por ejemplo, el aumento en la eficiencia de los paneles fotovoltaicos ha permitido reducir la extensión de terreno que se necesita para instalar las plantas», agrega. Con ello el impacto en el medio ambiente persiste, pero es menor.

Por el tamaño de los proyectos que se están construyendo en Chile, estos deben pasar por el sistema de evaluación ambiental. «Aunque tenemos grandes extensiones de terrenos no habitados y sin uso productivo, lo que diminuye el impacto, también lo es la presencia de flora y fauna en el desierto. Aún así, los indicadores de sustentabilidad de los proyectos son súper positivos», asegura David Watts. Por ahora, Chile no tiene en carpeta una megaplanta, pero la interrogante es qué pasará cuando lo considere.

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De las nueve megaplantas solares que se están construyendo en el mundo, cinco estarán en India. Esos monstruos van entre los mil y dos mil MW de capacidad de generación, pero con impactos a largo plazo que aún se desconocen.

«Si bien la eficiencia ha aumentado muchísimo y han bajado los costos de la electricidad, en ese número aún no está internalizado el impacto en el medio ambiente», dice Raimundo Bordagorry. Así como tampoco el ciclo de vida de los paneles.

De momento, China es el líder indiscutido tanto en la producción de paneles solares como en la capacidad instalada, pero hay algo que no tiene resuelto. Los paneles solares tienen una vida útil de 30 años. Para 2050, el país asiático tendrá un boom de basura solar que se calcula podría llegar a las 20 millones de toneladas y, aún así, no tiene una regulación para disponerlas. No solo se tratará de plásticos y fierros retorcidos, sino también de químicos peligrosos.