(La Tercera-Pulso) Algunos de los mayores productores de combustible fósil del mundo instan a los contribuyentes a ayudarlos a eliminar su tradición contaminadora.

Las compañías mineras, petroleras y de gas natural más grandes del mundo redoblan su campaña por el establecimiento de la captura y almacenamiento de carbono (CCS por la sigla en inglés) como vía para desacelerar el calentamiento global. Pero la posibilidad de un precio de US$90.000 millones anuales les resulta excesivo para hacerlo solas.

La tecnología elimina la contaminación de las chimeneas de las plantas industriales y la inyecta de forma permanente bajo el suelo. Conlleva la promesa de reducir los gases de invernadero sin cambiar el sistema energético del mundo.

A pesar de su potencial, la CCS plantea preguntas difíciles a las autoridades sobre cómo solventarla, y nadie en el sector ha dado con una solución que vaya más allá de subsidios directos o impuestos al carbono mucho más altos. Cualquiera de esas medidas haría mucho menos económico el uso de combustibles fósiles.

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Sin embargo, compañías como los gigantes mineros Glencore Plc y BHP Billiton Ltd., así como las grandes petroleras Royal Dutch Shell Plc y Total SA se han visto alentadas por un informe de Naciones Unidas que muestra que la CCS es vital para frenar el calentamiento global.

“Se trata de cambiar la forma en que la gente considera la CCS para que deje de pensar que es algo inevitable pero imposible y que pase a ser necesario y factible”, dijo Fiona Wild, jefa de cambio climático y sostenibilidad de BHP Billiton, en una entrevista en Edimburgo. “Tenemos que contar con políticas que apoyen el desarrollo a mayor plazo porque necesitamos magnitud”.

El costo es el principal impedimento para la CCS. La Agencia Internacional de la Energía estima que el precio de secuestrar carbono parte de alrededor de US$40 por tonelada, el doble del costo de las emisiones en Europa.

La industria tiene que capturar 2.300 millones de toneladas al año para 2040. Eso sugiere que la CCS necesitaría US$92.000 millones anuales como apoyo para trabajar en gran escala, más del total de la inversión en la industria del carbón del año pasado.

Esas cifras hacen que la CCS sea vulnerable tanto a los desafíos de los ecologistas, a quienes no les gusta el principio de contribuir con los combustibles fósiles, como de los desarrolladores de renovables, que crean cada vez más parques solares y eólicos a un costo que rivaliza con las formas tradicionales de energía.

“La CCS es una suerte de pase libre y una gran oportunidad de negocio”, dijo Michael Liebreich, fundador del grupo de análisis Bloomberg NEF en Londres, ahora propiedad de Bloomberg LP. “No sólo les permitiría seguir haciendo lo que hacen, sino que también les ofrece la perspectiva de que se les pague por limpiar su propia contaminación. No creo que alguna vez eso pase de forma masiva”.

Hay otros desafíos que también obstaculizan la adopción generalizada de la CCS

No hay un modelo de negocio consensuado que indique que los desarrolladores pueden ganar dinero con la tecnología. Antes de construir una planta, sus promotores deben decir cómo extraerán y monitorearán sus emisiones capturadas.

Las posibles formas de apoyar la CCS comprenden fijar un precio a la contaminación, ya sea a través de mercados de carbono o de un impuesto. Otras opciones serían un subsidio directo o estrictas regulaciones a las plantas de carbón.

Los desarrolladores se muestran renuentes a aceptar la obligación de hacerse cargo del carbono secuestrado durante más de algunas décadas. Eso significa que los gobiernos deben intervenir con garantías para que los proyectos funcionen.

La CCS no funcionará en todas partes por razones técnicas. El carbono debe almacenarse en formaciones rocosas estables en términos geológicos, con frecuencia en yacimientos de gas natural y petróleo agotados. Esos yacimientos deben estar suficientemente cerca de la fuente de contaminación para que el proyecto sea viable en el plano económico.